Luana Esquenazi pertenece a la comunidad judía sefaradí y se mudó al inmueble de la calle Sucre sin saber que, ahí mismo, vivió un oficial de las SS que participó del Holocausto; “Cuando me enteré, entré en shock”, dijo

Cuando Pedro le dijo que se había mudado “al departamento de un nazi”, Luana no le prestó demasiada importancia. Ella creía que su vecino de abajo tenía el sesgo de “ver antisemitas por todos lados”.

Pero la conmoción llegó a las pocas semanas de haberse mudado al viejo departamento del barrio de Belgrano, que había comprado en 2012 e incluía antiguos muebles “desarrollados a medida”.

Ese día pidió comida en un delivery y googleó la dirección del inmueble para saber exactamente entre qué calles se ubicaba el departamento de Sucre 2907, en la Ciudad de Buenos Aires.

El buscador le reveló un dato que ella desconocía completamente: en ese departamento se había escondido, durante más de tres décadas, un criminal de guerra nazi.

“Cuando vi de quién había sido el departamento entré en shock”, cuenta Luana Esquenazi . “El día que mi vecino me lo dijo, creí que hablaba de un tema ideológico, como diciendo ‘acá vivía un fascista’, nunca pensé que se trataba de un oficial de las SS”, agrega esta socióloga y profesora de la UBA perteneciente a la comunidad judía sefaradí.

Luana compró el departamento de 45 m2 ubicado en el segundo piso por escaleras de un viejo edificio de nueve unidades construido hacia el final de los años ‘30 por el actor y cómico José Pablo Arias, conocido como Pepe Arias.

La unidad de dos ambientes estaba en estado de abandono, pero tal cual como la habían dejado sus últimos moradores. Tenía todo el mobiliario, la cama, los sillones, la mesa plegable y el cristalero de madera empotrado, todo “hecho a medida”, como publicitaba la inmobiliaria. En el living había un sintonizador marca Audinac de los años ‘80 que todavía funciona.

Luana había comprado la propiedad a una persona que a su vez la había escriturado como inversión, pero que nunca la habitó, y la dejó tal cual la recibió en 2011.

Cuando realizó la compra, ni el vendedor ni la inmobiliaria le dijeron que el departamento de la calle Sucre 2907 había pertenecido a Walter Kutschmann, Untersturmführer (jefe de asalto) de las SS durante la Segunda Guerra Mundial, y responsable directo de un Einsatzgruppen (escuadrón de la muerte) empleado por el nazismo para concretar el exterminio de los judíos de Europa.

Walter Kutschmann en el barrio de Belgrano

En 1948, Kutschmann escapó a la Argentina con una identidad falsa. En Europa aún no lo buscaban por el fusilamiento de más de 2000 judíos polacos. Arribó al país con el documento español del monje carmelita Pedro Ricardo Olmo; con ese nombre consiguió trabajo en Osram y también se casó con Geralda Baeumler, una mujer alemana con pasaporte estadounidense que figuraba como la titular catastral del departamento de la calle Sucre 2907.

“Apenas entré al departamento quedé fascinada porque me gusta lo viejo. Mi mamá siempre se acuerda de que se me iluminó la cara. Tenía una estética bien de los años 70, pero todo estaba muy oscuro y abandonado”, recuerda Luana.

“Se había inundado, tenía los pisos de roble de eslavonia tapizados con una alfombra roja muy fea. Los muebles iban del piso al techo, no tenían patas. Mi papá me preguntaba: ‘¿En serio te querés mudar acá’”, cuenta.

Kutschmann llegó al departamento de la calle Sucre 2907 a principios de los años 50. El edificio era propiedad de Pepe Arias, que lo alquiló hasta 1960; luego vendió los departamentos a sus inquilinos (entre ellos Kutschmann) tras la ley de propiedad horizontal.

Geralda Baeumler, “casada en primeras nupcias con Pedro Ricardo Olmo”, lo terminó de escriturar en 1965.

Bajo el nombre de Pedro Ricardo Olmo, Kutschmann vivió allí junto a su mujer durante más de 30 años, vinculándose con otros alte kameraden, pero también con asociaciones israelitas y veraneando en el balneario elegido por la comunidad judía porteña: Miramar. A la pareja no se les conoció descendencia y llevaban una vida de muy bajo perfil.

Si bien Kutschmann fue denunciado por el cazador de nazis Simon Wiesenthal en 1967 y por esta razón perdió su trabajo en Osram, la policía argentina nunca lo detuvo ni lo interrogó.

Tampoco cuando fue desenmascarado en Miramar por el periodista argentino Alfredo Serra, en 1975, y mucho menos cuando fue fotografiado en la misma ciudad en 1982, al final de la dictadura militar.

Kutschmann siguió viviendo en ese departamento como Pedro Ricardo Olmo, y lo hizo sin sobresaltos durante más de tres décadas, tal como lo documenta el libro de actas del consorcio de la calle Sucre 2907, al que tuvo accesoLa Nación.

Este libro demuestra que el criminal nazi de las SS, si bien ya para finales de los años sesenta era buscado en todo el mundo, hacía un vida social muy activa, participando frecuentemente de las cuestiones relativas al condominio durante las reuniones de consorcio, desde 1960 hasta 1984, cuando ocurrió su última intervención, según registran las actas, escritas y firmadas de puño y letra.

Sin embargo, la historia de este antiguo departamento de Belgrano, barrio donde también vivieron al menos medio centenar de afiliados al partido nazi argentino durante los años 30 y 40, tiene otro giro que a Luana Esquenazi, la nueva propietaria de la unidad funcional del segundo piso, le resultó todavía más traumático.

Los animales, el otro horror de Kutschmann

Antes de enterarse a quién había pertenecido el departamento, Luana estuvo meses trabajando en el reciclaje de la unidad del segundo piso a la que se accede por escaleras.

Y, como si fuera una ironía del destino, ella donó (sin saberlo) todo el mobiliario que había utilizado el matrimonio Kutschmann-Baeumler durante tres décadas.

Así fue como la cama, los sillones, las mesas y las cuatro sillas, entre otros enseres que habían pertenecido al criminal de guerra nazi, fueron retirados en 2013 por miembros de la Fundación Tzedaká, una ONG creada “en el seno de la comunidad judía”, como afirman en su sitio web, y cuyo nombre en hebreo significa “solidaridad”.

“Los voluntarios de Tzedaká vinieron como diez veces a desarmar el departamento y se llevaron todo, pero ni ellos ni yo sabíamos a quiénes habían pertenecido los muebles; se llevaron hasta la cama donde dormían, todo. Por eso cuando me enteré entré en shock”, cuenta la propietaria.

Luana estuvo varios meses sin poder hablar con nadie del tema, tuvo varias crisis de ansiedad y comenzó a sufrir insomnio: a pesar de haberle dedicado meses a la refacción, no tenía ganas de habitar el departamento que había pertenecido a un criminal nazi.

“Pude superarlo después de conversar con Darío Feiguin, rabino de la congregación Kol Shalom, que me recibió en AMIJAI. Él insistió en el tema de la identidad y de la transformación, y de a poco pude ir superándolo”, subraya.

Pero el departamento de la calle Sucre 2907 escondía algo más. Cuando Kutschmann fue finalmente detenido e interrogado por la justicia argentina en 1985, dijo que se dedicaba a la “protección de animales” junto con su esposa Geralda Baeumler.

Y era justamente en esa dirección donde fijaba domicilio desde 1973 la Asociación Amigas de los Animales o AAA, siglas que temerariamente coincidían con las de la organización terrorista paraestatal Alianza Anticomunista Argentina.

De acuerdo con la investigación de Silvia Urich, autora del libro Los perritos bandidos, la AAA fue creada por Geralda Baeumler junto con Pedro Ricardo Olmo (Walter Kutschmann) y un nutrido grupo de mujeres alemanas.

Urich cuenta que la actividad de la Asociación consistía en rescatar perros y gatos callejeros y reubicarlos en nuevos hogares: “A lo largo de 1974 recogieron 1400 animales. Consiguieron hogares para 90. Los postulados de la entidad hacen presumir que el resto, bien por vejez o por enfermedad o por las cada vez más imperiosas razones de fuerza mayor, fue sacrificado”, afirma la autora.

Todavía más, durante los años 70 y principios de los 80, el matrimonio Kutschmann-Baeumler se dedicó a donar cámaras de gas para sacrificar perros callejeros sin dueño, ancianos o enfermos.

Según Urich, la AAA proporcionó 16 cámaras de gas a diferentes centros antirrábicos del territorio de la provincia de Buenos Aires, entre ellos San Isidro, Vicente López y Miramar, para llevar adelante sus postulados programáticos.

Lo sorprendente del caso es que Luana Esquenazi, al momento de mudarse al departamento, rescataba animales abandonados, tarea que hacía de una manera muy diferente al matrimonio Kutschmann-Baeumler.

Kutschmann murió en 1985 poco antes de ser extraditado rumbo a Alemania para ser juzgado por crímenes contra la Humanidad. Geralda siguió viviendo en ese departamento durante otros veinte años: lo había vendido en 2004 pero con el “usufructo de por vida”, hasta que decidió renunciar al beneficio y se fue a vivir a los Estados Unidos en 2011.

Al año siguiente llegó Luana Esquenazi. El inmueble estaba tal cual lo había dejado Geralda. “Todos los vecinos cuentan que ella era una mujer alemana muy divina que cuidaba las plantas de todo el edificio y muy amante de los perros”, dice Luana.

“Encontré en los armarios muchas fotos de Geralda pero ninguna con Kutschmann. También había fotos con perros policías, ovejeros alemanes. Cuando me enteré que ellos donaban cámaras de gas para sacrificar animales de la calle, se me heló la sangre y sufrí un nuevo golpe”, narra sobre aquellos increíbles y tétricos descubrimientos.

“En 2017 adopté a Alba en el refugio San Francisco de Asís de Cañuelas; es una perra mestiza que tenía una enfermedad en la piel, estaba hecha pelota y por eso estuvo dos años sin que nadie quisiera llevársela, no tenía pelo y decían que no le iba a volver a crecer. Estoy segura que en la lógica de Kutschmann-Baeumler, con la enfermedad que tenía Alba, una patología llamada demodexia, que es crónica, hubiera ido directamente a la cámara de gas”, agrega, y envía una foto actual de su mascota, totalmente recuperada, tomada en el balcón con vista a la calle Crámer de Belgrano, el mismo donde el criminal de guerra nazi y su mujer solían tomar aire fresco.

“Fue muy fuerte cómo me interpeló toda esta historia, por un lado lo del criminal SS, y por el otro lo de las cámaras de gas para perros callejeros. Me conectó con algo emocional muy fuerte, fue directo a mi judeidad y me hizo redescubrir mis raíces”, señala.

Resignificar

El Holocausto nazi o Shoá, por el cual la Alemania del Tercer Reich conducida por Adolf Hitler exterminó a los dos terceras partes de la población judía europea entre 1938 y 1945 (al menos 6 millones de personas), también aniquiló a casi la totalidad de los judíos sefaradíes de Europa, de acuerdo con cifras aportadas por Mario Eduardo Cohen y Maria De Azar, del Centro de Investigación y Difusión de la Cultura Sefardi (Cidicsef).

“Cerca del 90 % del pueblo sefaradí judeoespañol fue aniquilado durante el Holocausto. En Salónica, Grecia, por ejemplo, la mitad de la población era sefaradita y casi no quedó nadie con vida. A los sefaraditas de los Balcanes lod deportaron a Auschwitz, allí se perdió gran parte de la riqueza idiomática, cultural y artística del pueblo sefaradí. Sin embargo, el judeoespañol es una lengua que se resiste a morir”, explicaron.

“Esto es algo bastante íntimo para mi, me costó años poder hablarlo con amigos, me costó dormirme, dormía mal. Fue mucho tiempo y fue un proceso que se cerró cuando llegó mi perra Alba a casa. Yo pude habitar este espacio porque logré resignificarlo, después de hablar con el rabino, supe que sobre algo pesado podía afirmar otra cosa, ese es el sentido que tiene para mi compartir esta historia”, cierra Luana.

Kutschmann vivió impune en la Argentina, recluido en su departamento de la calle Sucre 2907, por casi cuarenta años, haciéndose pasar por Olmo, un vecino muy activo en el consorcio. No pagó por ninguno de sus crímenes y se llevó la faceta más desconocida de su historia a la tumba.

El vecino que le contó a Luana que ella había comprado “el departamento de un nazi” se llama Pedro Oppenheimer, un argentino de 88 años hijo de un alemán de origen judío que vino al país después de pelar en el frente ruso durante la Primera Guerra Mundial.

Los tíos de Pedro, el matrimonio de judíos alemanes compuesto Ana Lebach y Ernst Seligmann, este último sobreviviente del campo de concentración de Sachsenhausen, vivieron durante varios años en el departamento del 1° piso de la calle Sucre 2907.

Justo debajo de la vivienda habitada por Walter Kutschmann y su esposa Geralda Baeumler.

Pero esa es otra historia.

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