La pareja se conoció en una iglesia a la cual el acusado comenzó a asistir por sus adicciones. “Conmigo era un diablo y en la iglesia un santo”, aseguró la denunciante. Padeció golpes de puño, patadas y estrangulaciones. Contó que su marido la amenazaba con cuchillo, la ataba y sometía sexualmente.

Las marcas de los golpes se prolongan por el cuerpo de la víctima, pero las secuelas psicológicas serán tal vez más espantosas por el calvario que padeció durante los seis meses que convivieron como casados.

El último sábado, Agustina (21) se presentó ante la Comisaría de la Mujer de Oberá y denunció que su marido, identificado como Mauro P. (22), la sometió a torturas físicas y psicológicas.
Los tormentos denunciados incluyeron desde golpes de puño y patadas hasta estrangulaciones que la llevaban al desmayo. Incluso, aseguró que el acusado la amenazaba con cuchillo, la ataba y sometía sexualmente.

“Él tiene un nene de tres años y me pegó delante de la criatura. Mi papá me fue a visitar y el nene le contó que el papá me pegó. Ahí mi papá me dijo que tenía que ir, que haga la denuncia. Él me tenía amenazada con matarme si lo denunciaba, pero el sábado tomé coraje y le denuncié”, confió la joven.

En diálogo, precisó que luego de contar su versión a la Policía se instaló en casa de sus padres y hasta ahora ni siquiera pudo retirar sus pertenencias de la vivienda que compartía con su marido, en Barrio Norte de Oberá.

“Hasta el momento él (por el acusado) sigue haciendo su vida normal y ni sé si le notificaron de mi denuncia, siendo que me violaba y me pudo haber matado con todo lo que me hizo. Él sigue tranquilo y yo encerrada con miedo. No es justo”, subrayó.

Asimismo, tal como hizo en sede policial, aportó una serie de fotos donde se observan diversos hematomas producto de los golpes que padeció.

“Fui su esclava”

Todavía conmocionada por las situaciones de abuso que sufrió, Agustina precisó que conoció a su marido en la iglesia a la cual asiste. “Él empezó a ir a la iglesia porque tenía problema con drogas y quería salir de eso. Así nos fuimos conociendo y de novios nunca me maltrató ni le vi consumir nada”, explicó.

Y agregó: “Pero cuando llevábamos pocos días de casados me apretó muy fuerte el cuello, me ahorcó hasta que perdí el conocimiento y no fue la única vez. Primero pensé que fue porque le dije algo, no entendía su reacción. Después empezó a tirarme el mate, me daba piñas y patadas”.

Luego de casarse la pareja se instaló en una casa que les prestó el padre de su marido, en Barrio Norte, aunque nunca imaginó el infierno que le esperaba. La chica trabajaba y los primeros meses el marido estuvo desocupado, pero era ella quien tenía que cocinar y hacer las labores de la casa. “Fui su esclava”, graficó.

Contó que llegado un momento, por los malos tratos y agresiones no quería mantener relaciones sexuales, lo que no hizo más que empeorar la situación.

“Le tenía miedo por lo que me hacía y le decía que no quería tener relaciones, pero me amenazaba con un cuchillo, me ataba y me violaba”, detalló entre lágrimas al revivir el calvario.
“Gritaba y lloraba, pero ningún vecino se metía. Me amenazaba para que no le cuente a nadie ni le denuncie porque me iba a matar”, aseguró.

Doble vida

Mencionó que en varias ocasiones el acusado la golpeó antes de ir a la iglesia, donde mostraba otra cara, siendo que en la casa era violento y consumía drogas. “Conmigo era un diablo y en la iglesia un santo. Lo vi consumir drogas, siendo que supuestamente estaba recuperado. Más allá de las amenazas, al principio aposté a la pareja y pensaba que él iba a cambiar. Aparte, después de los maltratos me pedía perdón, se arrodillaba y lloraba, y me daba lástima”, reconoció.

En una oportunidad los padres del denunciado fueron testigos de los golpes, pero mientras que la madre le reprochó por su conducta, el padre le dijo a la chica que lo que pasó fue su culpa por contestarle a su marido. Pero el jueves el padre de la chica fue a visitarla y notó que tenía golpes, ante lo cual ella argumentó que se había caído por las escaleras.

De todas formas, la verdad salió a la luz por boca del hijo del agresor, un nene de tres años. “Mi papá fue a visitarme y el nene le dijo: “mi papá le pegó a Agustina”, y ahí mi papá me dijo que esto no podía seguir pasando y que tenía todo el apoyo de ellos. Igual ese día no le denuncié. Pero el sábado me volvió a golpear y dije basta”, reconoció.

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