Los alumnos de al menos tres escuelas porteñas decidieron emprender una protesta en contra de las actividades extracurriculares, considerando que “hacen perder horas irrecuperables de clases”. Paradójicamente, decidieron para ello tomar la escuela y quedarse sin clases.

En lo que va del mes, al menos tres escuelas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fueron tomadas por sus propios alumnos, a manera de protesta por el reclamo de mejoras en las viandas y contra las supuestas prácticas laborales de empresas privadas actuando en los predios. Se trata de la escuela Lenguas Vivas Sofía Esther Broquen de Spangenberg, de Palermo, y la escuela de Cerámica Nro. 1, en Almagro, que se sumaron a la toma que comenzó días atrás en el Mariano Acosta.

“Mi hijo es alumno del secundario del Lenguitas, una de las escuelas tomadas. Están usando a los chicos”, aseguró Elizabeth Márquez, una de las madres damnificadas por la toma de las escuelas. En dicha institución, ubicada en la intersección de Juncal y Salguero, casi la mitad de los estudiantes secundarios pidieron continuar con las clases, pero fueron avasallados por aquellos que decidieron interrumpir el ciclo lectivo y tomar la escuela de forma intempestiva.

En el Lenguitas, por ejemplo, que cuenta con más de 1.700 alumnos, sólo 309 votaron a favor de la toma del colegio. Los datos fueron plasmados en un improvisado pizarrón, en el que se observa que de los 97 chicos que integran el primer año, sólo 51 estuvieron a favor de la toma. De los 96 que integran el segundo, votaron positivamente 40. En tercero, en donde hay 111 chicos, sólo 63 decidieron tomar la escuela, en cuarto 76 de 108 totales y en quinto, 79 de 102. En total, fueron 309 votos a favor de la toma.

“Lo que no se tiene en cuenta es que el Lenguitas, además de secundario, tiene jardín, primario y terciario. Son más de 1.700 chicos que se quedaron sin clases por la voluntad de unos 300”, aseguró Márquez, cuyo hijo hoy se quedó nuevamente sin clases.

Los funcionarios del gobierno de la Ciudad aseguraron que se trata de “una demanda y una manifestación violenta y absolutamente política”, de acuerdo al parecer de la ministra de Educación porteña, Soledad Acuña. La medida no pudo haber llegado en un peor momento para la educación nacional. Tras el notable deterioro de la calidad educativa tras el paso de la pandemia, numerosos chicos no volvieron jamás a la escuela, y los que sí lo hicieron, demostraron un claro retroceso en el programa educativo.

“Algunos de estos chicos no son capaces de escribir bien, leen trabado y pausado, no tienen conocimientos básicos en economía o matemáticas, y se dan el lujo de quedarse sin clases. Estamos creando una sociedad futura cada día más desigual”, aseguraron desde el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Insólitamente, parte de las medidas tomadas tuvieron como razón la negativa de los chicos a llevar adelante las actividades de aproximación al mundo del trabajo y a los estudios superiores (ACAP), por considerar que “se pierden horas irrecuperables de clase”. La conclusión parece sacada de una tira cómica. Para protestar por la pérdida de clases, los chicos decidieron tomar la escuela y, paradójicamente, no tener clases. 

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